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Una maestra regordeta y de ojos claros le había dicho hacía muchos años que los antiguos tenían a las lechuzas como el símbolo de la sabiduría.
Y que los adivinos y las brujas las tenían porque podían mirar el más allá. Cientos de veces había visto dibujos y siempre la lechuza y la bola de cristal estaban junto a las encorvadas siluetas de las hechiceras.
Eso ocurrió cuando estaba en la primaria y la maestra lo había visto cascoteando una lechuza junto al alambrado de la estación.
-¡Sepa señor que las lechuzas también son animales de Dios y que son muy útiles aunque a usted no le parezca y sepa que en la antigüedad se los respetaba y hasta adoraba!...
El sermón había sido inolvidable, no por su rigor, sino porque le despertó tal curiosidad que a lo largo de toda la vida, casi sin darse cuenta había estado tratando de aprender sobre ellas.
Que giran la cabeza de tal modo que pueden ver toda la circunferencia alrededor sin girar el cuerpo. Que tienen independencia de movimientos en cada ojo de forma que puede ver en ciento ochenta grados a la vez. Que tienen hábitos nocturnos y pueden detectar el movimiento de un ratoncito a más de cien metros de distancia y tal vez por eso era que los antiguos las usaban para ver el más allá...
También había aprendido que los ranqueles les temían, porque les recordaba al chonchón, un gualicho que tenía alas blancas y venía volando hasta donde estaban durmiendo y les robaba la cabeza para llevarla a pasear por el campo, haciendo que vivan cosas que en realidad no pasaban y a veces nunca se la traían de vuelta y el indio en cuestión amanecía muerto.
Quizás por eso la gente del campo, con sus exageradas supersticiones, pensaba que traían yeta y les tenían temor, recelo y aprensión.
Al principio no alcanzaba del todo a comprender porqué si los antiguos que eran más viejos que los indios y los paisanos decían una cosa, estos que eran más modernos decían otra tan distinta y el criterio había cambiado tanto que mientras unos las adoraban como dioses, los otros las rechazaban como demonios.
Pero los años le iban trayendo experiencia y con ella comprensión: La diferencia estaba en que los antiguos eran de Europa y los otros eran de acá. Países distintos, costumbres distintas, sentimientos distintos.
Y aún así, pese a las diferencias de cada historia y cada evolución, entendió que en lo básico tenían grandes coincidencias: Todos pensaban que eran animales mágicos, que podían tomar contacto con los muertos, que poseían y usaban hechizos para cautivar o embrujos para dañar, que adivinaban el futuro y anunciaban la desgracia o la fortuna.
Y así fue que entregado a su afición por las lechuzas, había buscado, encontrado y decidido elegir, tomándola como propia, una creencia de los primitivos guaycurúes que las adoraban, usaban sus plumas como amuleto y las protegían religiosamente porque creían que durante la noche el universo se deshacía y al amanecer se empezaba nuevamente a armar. La importancia de las lechuzas estaba en que ellas, por estar despiertas toda la noche guardaban la memoria de cómo eran el mundo y las cosas antes de la oscuridad, lo que permitía que al día siguiente todo vuelva a estar en orden, es decir, que de no ser por ellas, tal vez una mañana el mundo ya no podría rehacerse y sería el fin.
Esa leyenda le agradaba más que las otras porque al otorgarles la sabiduría a partir de la razón y no de la magia, era más fácil de explicar como creencia y justificar como fundamento para sí mismo, que habiendo empezado cascoteando a las lechuzas, se había convertido en su fanático protector y además, en gran discutidor de creencias vulgares, aunque en el pueblo ya no encontraba nadie que quisiera discutir el tema con él.
Por eso, cuando llegaban forasteros a reparar sus relojes y veían en el potrero de enfrente a las lechucitas criollas custodiando, los observaba esperando que tocaran el tema, para largar todo el rollo de su propia superstición.
Y siempre caía alguno porque la suya era la única relojería en un tramo de cinco estaciones de tren, y su pueblo por la importancia del comercio, era un paso obligado para los viajantes y una pequeña Meca para los chacareros de la región.
Gran parte de su vida era ese placer de encontrar de vez en cuando, alguien que se interesara en la conversación de las lechuzas, los mitos, las anécdotas y cualquier asunto por trivial que fuere, que les hiciera referencia.
Casi como esperando eso salía a la puerta cada vez que escuchaba llegar el tren, se quedaba un rato mirando la calle y luego de confirmar que las lechuzas estaban en el potrero, volvía para calentar un poco más de agua y ensillar el cimarrón, que lo acompañaba todo el día.
Esa tarde había salido por el tren de las 20,23, y sin saber porqué recordaba a su maestra mientras cruzaba miradas con una lechucita parada entre un hormiguero y un cardo.
En eso, por la cale y levantando terrible polvareda, la F100 de los Carbone, encaraba para el campo con las escopetas y varios muchachos sentados en la caja. Podía adivinar la damajuana calzada entre la goma de auxilio y la cabina, tapada con la lona y el reflector arriba, más al alcance de la mano.
Los miró hasta que se perdieron a lo lejos. En su cabeza flotaban las imágenes de las liebres encandiladas, gambeteando hacia la noche, tratando de escaparle inútilmente a la perdigonada y luego el tanteo del peso, la vuelta de vino y las felicitaciones por la hazaña. ¡Muchachos salvajes! dijo y entró.
No podía dormirse bien aunque ya no hacía calor y ese otoño entregaba noches espléndidas, inolvidables.
Su infancia, su juventud, su madurez, su esposa, los chicos chicos, los viejos idos. Un carrusel que iba y volvía, visto pasar como desde los ojos de una lechuza.
Y ya era bastante tarde cuando escuchó en la calle el motor de la F100 que volvía a toda velocidad. – ¡Ahí van, seguro que para la Lucecita Azul a terminar la fiesta!...
Escuchó también clarito, que aminoraban la marcha y el tiro de escopeta que lo sobresaltó. ¡La lechuza!... ¡Que los parió!...
Apenas hubo luz, puso la pava en el fuego y salió a ver.
Si había tenido la esperanza de que les fallara la puntería, enseguida vio que no. La lechucita estaba muerta entre un desparramo de plumas. Miró el cielo y pensó: ¡Parece que amanece igual. Tal vez el fin del mundo no empieza hoy!
Estuvo mateando un rato y decidiendo si recogía las plumas para usarlas de amuleto como los indios o ponerlas como adorno en un cuadrito y de paso pedirle favores como si fueran un icono.
A eso de las diez fue a comprar el diario. El presidente decía: “Ramal que para, ramal que cierra” y aparte: “La ley de privatización entra hoy al Senado”. “El cierre de los ferrocarriles preocupa a los gobernadores”. “Muchos pueblos del interior podrían desaparecer”
Volvió a su casa. Se sirvió una caña y se sentó en la orilla de la cama, derrotado, con ganas de morir. ..
Sin la lechuza, su mundo no se había podido rehacer. Era el fin.
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